Adiós a la lactosa!

Three weeks after finishing the antibiotics (see previous post), I experienced a period of terrible diarrhea, and rapid weight loss. I was stressed from having to miss work, and didn’t understand what was happening to my body. My family watched as I became more and more thin.

I wrote to my specialist to ask if these symptoms could be a sign of a lingering H. pylori infection, [but he didn’t think this was possible given the strength of the antibiotics]. He then asked for a detailed description of my diet – breakfast, lunch and dinner, and explained that the body can develop certain dietary sensitivities with age, such as lactose intolerance.

While describing my typical breakfast, the doctor noted that it normally included some type of cheese – I loved goat cheese, mozzarella, and cheddar, among others. He then asked how I felt after breakfast? I told him that I often dealt with gas throughout the day, but had long dismissed this as an innocuous part of life, and not indicative of a deeper problem.

On September 16, 2014 at 9:00 am, I was in the hospital waiting to undergo testing for lactose intolerance. I’d been instructed to fast for [for 24 hours? prior to the test in order to get a clear result].

The test consisted of drinking a solution of powdered lactose in water, walking for fifteen minutes, then waiting seated before being called to repeat the process (which was done a total of five times).

The first two times, I didn’t experience any negative symptoms. However, after the third round, I began to have indigestion, and after the fourth and fifth, I was dizzy and had gas coming out of both ends.

As expected, I tested positive for lactose intolerance, and the doctor explained that I would need to relay this information to my nutritionist.

I must confess that as I left the consultation, I felt as if I’d never be able eat well again. I’d always considered milk and yogurt as sensible elements of a balanced diet. But cheese, green plantain and pasta? These had sentimental value, and I truly believed them to be heavenly gifts from the Creator. Letting go of these things was not going to be easy.

I entered a state of depression as a result of these new dietary restrictions. I was not eating well at breakfast or dinner, only eating lunch as a means of managing the pain caused by the gastritis  (a lingering complication from the H. pylori infection). My family thought I was exaggerating the situation, however, this unfortunately was only the beginning of what was to come.

RV

Al cabo de unas tres semanas de haber terminado el tratamiento contra el bicho (ver post anterior), volví a tener una fuerte crisis de diarrea, yo me sentía estresada, no entendía lo que pasaba con mi cuerpo. Me preocupaba las ausencias al trabajo, y como era lógico la perdida de peso iba en aumento y todos en casa lo notaban.

Volví a escribirle al doctor dando como opción que podrían haber restos del bicho en mi cuerpo. En esta nueva consulta nuevamente me preguntó sobre mi alimentación, pero ahora de una forma mas detallada, que solía desayunar, almorzar y cenar?; me comentó de intolerancias del cuerpo a cierto tipo de alimentos y que el quería descartar la intolerancia a la lactosa. El tema de la lactosa surgió porque al responder sus preguntas sobre mi alimentación le respondí que yo desayunaba con diferentes tipos de queso: cabra, mozarella, amarillo, entre otros; entre el ir y venir de las preguntas hizo una pregunta clave: ¿Cómo yo pasaba mi día después del desayuno? a lo que yo contesté que me la pasaba con gases todo el día y que para mí eso era lo normal, estar con gases. Entonces el especialista me mandó hacer un nuevo examen, el examen de la lactosa.

El 16 de septiembre a las 09:00 am estaba en el hospital para el nuevo examen, tuve que ir en ayuna. El examen consistía en tomar la lactosa que era un polvo blanco en agua. Una vez ingerido el líquido, caminar por 15 minutos y luego esperar sentadita hasta que ellos me llamaran para repetir. Este ciclo se debía repetir 5 veces.

Las dos primeras que ingerí el líquido y me senté a esperar no paso nada, en la tercera vuelta, ya me empezaron a salir los gases por la boca. En la cuarta y quinta ocasión ya estaba mareada y tenía gases por todos lados.

Como era de esperarse me salió positivo la intolerancia a la lactosa, el doctor me explicó que debía comentarle a la nutricionista (que ya estaba viendo por el tratamiento del bicho) para que se tomaran las debidas anotaciones y proceder con la nueva dieta.

Debo confesar que cuando salí del consultorio sentía que yo jamás podría volver a comer bien, ya que yo podría decir que tenía una relación sentimental con los quesos; la leche y yogurt siempre los he considerado tan normales como el resto de los alimentos, no así el queso, el plátano verde y la pasta, en lo personal siento que son el manjar celestial que Dios nos dejó a los mortales.

Admito que entré en una clase de depresión y no comía bien en los desayunos ni en las cenas, almorzaba para que el dolor de la gastritis, que fue secuela de la bacteria, no se hiciera presente.  Mi peso seguía disminuyendo, mi familia pensaba que yo estaba exagerando la situación, sin embargo, esto solo era el inicio de lo que me esperaba.

RV

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