¿Y ahora qué se supone que voy a comer?

Camino al supermercado pensaba: Es demasiado radical este cambio de alimentación, ya bastante con el queso, ahora también todas las pastas, panes y dulces? Pero luego retrocedí mi disco hacia el momento en el que estaba sentada con la nutricionista y fríamente empecé a recordar lo que podía comer: Tubérculos, frutas, vegetales, arroz, maíz, menestras y todas las proteínas animales. Así que no estaba tan grave el asunto, sin embargo, me daba iras saber que tenía que decirle adiós a la pasta y al pan que me gustaba.

Ya dentro del supermercado voy al pasillo indicado y comienzo a ojear los productos y sus precios, es impresionante que todos los alimentos que tienen el sello de GF (gluten free= sin gluten) aumenta su precio de una manera absurda. Las buenas noticias es que había de todo, pasta, galletas, pan hasta pizza (sin gluten pero con lactosa), las malas noticias es que era muy caro, y para mi, tomando en consideración mis ingresos y mis otros gastos, me era imposible sostener una dieta de solo productos con el sello gluten free. Hay que recordar que mi dieta también es sin lactosa, por lo que estos quesos obviamente son mas caros que los que yo solía consumir.

Recuerdo que ese día solo compre el pan, un paquete de queso deslactosado, un cereal, la leche de almendras y una pasta de quinoa solo en eso me había gastado aproximadamente como $30.00 y eran 5 cosas. Al salir del mercado me sentía mentalmente cansada, y no dejaba de pensar como se suponía que yo iba a vivir ahora.

Al llegar a casa, pongo a calentar el pan para hacerme un emparedado con el queso y una pechuga de pavo ya existente en la nevera, y para mi sorpresa no me gusto ese queso que yo había comprado. Mas cólera me dio el saber que había comprado eso y que estaba malo a mi parecer. Acto seguido, abrí el cereal y lo probé, basta con decir que es el mismo que sigo comprando hoy en día, no así con la leche de almendras, que honestamente era a lo único que le tenía puesta toda mi fe en cuanto a sabor se refiere, ya que todo el mundo solo sabe hablar de ella. Honestamente a mi no me gustó la leche de almendras, o no para comerla con cereal. Así que decidí seguir usando la leche deslactosada y regale esa cajeta de leche a mi cuñada que se que le dio un mejor uso de lo que yo le hubiese podido dar en ese momento.Hoy deduzco que mi frustración en ese momento no me dejó darle una segunda oportunidad a la leche de almendras ese día.

Manifiesto que me encontraba en una gran huelga, las cosas eran caras, algunas sabían mal para mi paladar o como es lógico aun no estaba acostumbrada a esos sabores, obviamente tenía que inventármelas para poder comer o al menos eso era lo que pensaba. Y lo que mas me tenía consternada era pensar, ¿Cómo hacían las personas de escasos recursos ante una condición como esta? Seguramente algunos no tendrían a quien pedirle ayuda económica y simplemente seguirían comiendo a sabiendas que les caería mal, pero eso es mejor a no tener nada en el estomago. Y no habría nada que refutar ante una situación así.

Debo mencionar que para ese entonces mi peso era de unas 98 libras aproximadamente; mis padres y hermanos estaban al borde de un colapso nervioso ya que decían que mi payasada me iba a llevar a una anorexia y que me iba a morir de hambre. Tómese en consideración que ellos aún no entendían la seriedad de esta condición así que llamaban payasada a mi enfermedad. Mis hermanos pensaban al principio que era una moda mas. Mi papa juraba que estaba enferma de algo mas y mi madre siempre con sutileza maternal me instigaba a que poco a poco fuera viendo que podía comer y que no ya que mi aspecto no era para nada saludable.

Lo mejor de todo era que en una semana papá, mamá, mi hermanito menor y yo nos íbamos de viaje a Ecuador a la boda de una prima muy querida, en donde mi celiaquía fue toda una aventura.

And Now: What Do You Suppose I’ll Eat?

I’m walking to the supermarket in dread, thinking these changes in my diet are just too radical, particularly having to give up my beloved cheese, pasta, bread and sweets. I recalled back to the moment of sitting with the nutritionist, coldly beginning to realize the scope of my dietary limitations. I felt daunted by the fact that Celiac disease and lactose intolerance would require a complete overhaul of my diet. But rather than submit to this dread, I tried to look on the bright side, shifting my focus to all the things I still could eat: vegetables, fruits, rice, and animal protein. This helped my situation seem a little less grave, even though I would have to say ‘goodbye’ to bread, pasta and cheese.

Now in the supermarket, I find the appropriate aisle, and begin looking at products and prices, amazed at how items bearing the GF (gluten-free) seal are absurdly more expensive. The good news is that everything these days has a gluten-free alternative, from pasta to cookies, bread and pizza (without gluten, but with lactose, unfortunately). The bad news is that these specialty products are very expensive, and considering my income and other expenses, it would be impossible to sustain a diet of only products bearing the “gluten-free” seal. Since my diet is also lactose-free, these cheeses are obviously more expensive than those I used to consume as well. I remember on this day only buying bread, one packet of lactose-free cheese, a box of cereal, almond milk, and a quinoa salad. The total came to $30.00 for only five products. Upon leaving the supermarket, I felt mentally drained, uncertain of how I would continue living this way.

When I got home, I heated up the bread to make myself a sandwich with the lactose-free cheese, and some turkey from the fridge. To my dismay, I did not like the cheese at all, because it gave me a stomach ache, and I think it may have gone bad. So I opened the cereal, but didn’t like it either. The almond milk was the only product I’d put any faith into that day, since the rest of the world talks about it so much. However, I honestly didn’t care for the taste, and decided to continue using lactose-free milk, gifting the almond-milk to my sister-in-law, who I knew would make good use of it.

Looking back, it was my frustration at that moment which ultimately made me decide not to give almond milk a second try. Obviously, I had sustained a big blow in learning the expense of these products, not to mention that some of them did not agree with my stomach. I was frustrated that I would have to become accustomed to these new flavors, and totally reinvent myself under these dietary restrictions – or at least that’s what I thought at that moment. However, the thought that gave me the most consternation was of people with limited resources, and how they deal with these conditions. Surely there are many who have no option other than to simply continue suffering, knowing their diet is making them ill, without any other option than to go hungry.

I must mention that I only weighed 98 pounds at the time, which had driven my parents and siblings to the brink of a nervous breakdown. They thought I was anorexic, and dying of hunger. I tried to keep in mind that they did not understand the serious nature of my condition, which is why they called it ‘silly.’ My brothers thought from the beginning that my weight loss was on-purpose. My father doubted that my disease could be caused by autoimmune disfunction, insisting there had to be another explanation for my gaunt frame. And my mother (always with motherly subtlety) insisted that while my appearance was not healthy, perhaps I would be able to return to eating normally one day.

My celiac disease really became a family adventure the week that my mother, father and younger brother and I took a trip to Ecuador for the wedding of a dear cousin

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